LA TAL
TIPACAMÚ / Arcadio
Ni los frondosos laureles ni las ceibas
tienen el poder de convocatoria de Lulú Tipacamú. Está probado hasta el cansancio. Basta una
palabra suya para atiborrar su casa de pajarracos de variopinto plumaje. El
domingo no fue la excepción.
“He
llenado una barrica de lágrimas de agave azul para llorar el aniversario de la
muerte de Jaime Sabines. Quien así lo desee, de los bolonautas, puede hacerse
acompañar de su propia ración de llanto (no adulterado, por favor, ténganse
lastima. El llanto pirata podría dejarnos ciegos, locos o muertos en un
descuido). El poeta bien vale una zambullida en el mar. Te espero desde ayer”,
decía el recado escueto, sin firma, girado por la Tipacamú a cada miembro de la
cofradía.
A
expresa y amabilísima solicitud de mi amante-nieta, me vi precisado a efectuar
algunas operaciones bursátiles previas a la cita. Llegué a casa de Lulú al filo
de la cuarta ronda. Es que, la verdad, me costó uno y medio encontrar el kilo
de tomate al alcance de mi bolsillo.
¿Que
cómo supe que los apesarados comensales iban por la cuarta ronda? Sencillo,
che: primero, es regla inviolable entre los bolonautas de élite, no escanciar
la copa de nadie mientras los demás no hayan vaciado la suya, primero. Segundo: A Casiano Sobera de la Flor,
doctorado en artes culinarias (pollo implume a las brasas, su especialidad), le
da por saludar de besito en el hombro, sin importar el género del
recipiendario, después del cuarto piquetazo tequilero y antes de echarse el
quinto. Huelga decir que el muy cínico pintó, al temple, en mi inmaculada
camisa, un nítido ósculo de camarones al chilpachol
con su trompota asquerosa. Gajes
del
bolonautismo democrático.
Hacía
ocho semanas que, contra mi voluntad, no magullaba con mis pies –ni con alguna
otra parte de mi anatomía- el césped de un huerto tan próximo a mis sentidos
como el de la Tipacamú, circundado por laureles de la india, helechos,
geranios, rosales, nardos en el centro, como
espléndido paraguas, un gran tamarindón de cuya fronda chorrean todo el
año sombras acogedoras.
El porqué de mi forzado exilio: Lulú me
prometió no dejarme hamaquear entre sus pétreos muslos, en tanto no le mostrase
el punto final de una mi novela, en ciernes desde que Ofelia Medina
era virgencita y
regaba las flores.
A Jaime
Sabines (besos, poeta) le debo el milagro de
mi retorno.
Una
chuchada de novedades, germinadas en mi ausencia, me salió al encuentro junto
con la Genobeba (sic), la fiel mucama importada, lustros ha, de Chenalhó.
-Beba, qué gusto volver a verte, verdad de
dios -le dije apenas me franqueó el portón. Intenté darle unas palmaditas
cariñosas en el lomo. Con un movimiento felino sumió la joroba y puso tierra de
por medio.
Me
dejó anonadado. Parece que fue antier cuando la muy ladina me intuía. Me
adivinaba en el viento. Sin mediar orden de la patrona, salía a recibirme
tatarateando como un bebé beodo sobre las vaporosas nubes de su bolera jamás
interrumpida. Me saludaba con una ligera inclinación de cabeza y yo, generoso
por antonomasia, compensaba su cortesía con los residuos de la botella en turno
(“Puro afecto líquido de alta gradación”, diría Pancho Pichácuas, el Vate del
tompiate, muerto de cirrosis hepática a la temprana edad de 93 años). Antes, la
ingrata me veía como su Balam y ahora me da trato de colmoyote. Y hasta el
habla me retira.
Mi
ego trataba de asimilar el regio mameyazo. Entonces se dejó venir el licenciado
Rotundo Contreras con un pedazo de salchicha asada en la diestra, y en la
siniestra la copa de tequila. Alcanzó a escuchar la severa advertencia que me
lanzó la indígena insuflada (alias ex
querida Beba):
-Claro si mira el negror de tus pensamiento.
Pero más ti vale que emprestés oyídos a la voz de los qui hablan con su
silencio. O terminás de entrar padientro y te comportás con justicia y dignidá
o ti prienso las patotas con el puertas y acabo de sacarte pa’ juera.
-¡Inchi indiada! Por eso nadie los ama
–bociferó Rotundo en un estropajoso, ladino
dialecto.
Luego,
dirigiéndose a la mitad posterior de la mucama, nada despreciable, agregó:
-Una noche de éstas
voy a castigar tu soberbia, patas de polvorón, enterrándote dieciocho
centímetros bajo sábana.
Aún
no acababa de
despegar de sus
belfos la última palabra cuando
le estalló en plena jeta la granada de fabricación artesanal (vulgo: puñetazo)
disparada por la insufrible nativa.
Fuera de sí, Rotundo Contreras
quedó embrocado encima de los coyoles del obispo (planta de ornato
llamada así por sus flores, color púrpura intenso, de forma ovoide)
El escándalo
provocado por la copa al hacerse añicos en el piso –Rotundo ni ruido levantó-
atrajo a Pomponia Popomeyá, Amadita de la Hoya, Fernando Nandalumí y
Agapito Delgadillo. Los
dejé luchando por
volver a izar al malcriado.
Las siete mesas
estaban dispuestas en “U” al cobijo del tamarindón. Al pie del limonero
adjunto, un asador atiborrado de carnes
despedía un romántico tufo, casi poético. Ocupé un sitio en la mesa
presidida por la
Tipacamú, embutida en su brevísimo
vestido rojo, descotado. Fingió no verme. Dolido hasta el tuétano, dediqué mi
atención a la barbacoa, a los bisteces de res –“con gordito, porfa”-, a las
costillas de cochi marinadas en zumo de naranja, a los frijoles con chilitos de
Simojovel, a las cebollitas cambray y a las matamarido recién sacadas del
comal. (La salsa de tomate morado no tenía madréporas, me cae).
Sin la aprobación de
la sensual anfitriona (al igual que Jaime Sabines, ella piensa que la mayoría
de los homenajes póstumos y los decretos luctuosos oficiales “son puterías”),
Apolo Pola, pintor de oficio, invitó a los comensales, fanáticos confesos del
bardo chiapaneco, a “decir algo de su vasta obra”. Aplausos.
Casiano Sobera de la
Flor, con expresión maliciosa, presionó a un chavo sentado enfrente de mí y,
punto menos que a rastras, lo colocó en el
extremo de la “U”. Lo presentó como “funcionario de medio pelo de
Coneculta”. En realidad, se desempeña como IBM del jefe de un departamento
sotanero, supe después.
El atlético
mozalbete pidió disculpas
anticipadas al alborotado
respetable por su crasa ignorancia respecto al arte declamatorio. Gesticulando
a la manera de un luchador grecorromano, se arrancó con “lo que yo humildemente
considero el poema más sublime del
maestro Jaime Sabines”: El día se acerca como un barco / que nos deja en la
playa verdadera. / En las olas resucitan
calles / encienden las luces en el puerto / una muchacha canta en la
taberna.
Tres minutos corridos
de ovaciones. El joven, mamado de por sí, no cabía en la camisa vaquera de
vuelta a su asiento. A Lulú le apareció
el tic en el párpado izquierdo, señal inequívoca de un esfuerzo
sobrehumano por apaciguar su cólera. Relampagueaban sus pupilas. Guiñó el ojo a
Genobeba, apostada a unos pasos del asador. La mucama se limpió los bigotes con
el mandil. Golpeando un vaso con el cuchillo cebollero acaparó la atención del
docto público:
--Siñoris bolo, por
istruciones de mi superior jerárquica, la comandanta Lulú, tengo que hacer un
remiendo a la supina icnorancia del émulo de Chuarcheneger, al dicirles que el
manojo de palabra que mascó no es de Jaime Sabines sino de Javier Molina. El
amado maestro escribía en este tono: Si te sacas los ojos y los lavas / en el agua purísima del llanto,/ ¿por qué no el corazón / ponerlo al aire, al
sol, un rato?
Tornéme a quedar
anonadado. De mi boca sin fuerza cayó mi baba sin darme cuenta. Sufrí cólicos
de vergüenza. Algo acuoso me anegó la visión. Emprendí la sigilosa retirada. En
ruta hacia el portón, arrastrando los pies, escoltado por helechos, violetas, begonias y geranios, me mordía las orejas la voz
tipluda de Genobeba pariendo puntualmente a Jaime Sabines sin auxilio de
comadrona: Soy como el hijo de tus ojos,/ como una gota de tus ojos soy. / Levántame.
De entre tus pies / levántame, recógeme,
del suelo, / de la sombra que pisas,/ del
rincón de tu cuarto / que nunca ves en
sueños. Levántame. / Porque he caído de tus manos / y quiero vivir, vivir,
vivir.
(Del libro Los Bolonautas. Arcadio. 2004)

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