lunes, 12 de junio de 2017

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LA TAL TIPACAMÚ / Arcadio
Ni los frondosos laureles ni las ceibas tienen el poder de convocatoria de Lulú Tipacamú.  Está probado hasta el cansancio. Basta una palabra suya para atiborrar su casa de pajarracos de variopinto plumaje. El domingo no fue la excepción.

            “He llenado una barrica de lágrimas de agave azul para llorar el aniversario de la muerte de Jaime Sabines. Quien así lo desee, de los bolonautas, puede hacerse acompañar de su propia ración de llanto (no adulterado, por favor, ténganse lastima. El llanto pirata podría dejarnos ciegos, locos o muertos en un descuido). El poeta bien vale una zambullida en el mar. Te espero desde ayer”, decía el recado escueto, sin firma, girado por la Tipacamú a cada miembro de la cofradía.

            A expresa y amabilísima solicitud de mi amante-nieta, me vi precisado a efectuar algunas operaciones bursátiles previas a la cita. Llegué a casa de Lulú al filo de la cuarta ronda. Es que, la verdad, me costó uno y medio encontrar el kilo de tomate al alcance de mi bolsillo.


            ¿Que cómo supe que los apesarados comensales iban por la cuarta ronda? Sencillo, che: primero, es regla inviolable entre los bolonautas de élite, no escanciar la copa de nadie mientras los demás no hayan vaciado la suya, primero.  Segundo: A Casiano Sobera de la Flor, doctorado en artes culinarias (pollo implume a las brasas, su especialidad), le da por saludar de besito en el hombro, sin importar el género del recipiendario, después del cuarto piquetazo tequilero y antes de echarse el quinto. Huelga decir que el muy cínico pintó, al temple, en mi inmaculada camisa, un nítido ósculo de camarones  al  chilpachol  con  su trompota asquerosa. Gajes del
bolonautismo democrático.

            Hacía ocho semanas que, contra mi voluntad, no magullaba con mis pies –ni con alguna otra parte de mi anatomía- el césped de un huerto tan próximo a mis sentidos como el de la Tipacamú, circundado por laureles de la india,  helechos, geranios, rosales, nardos en el centro, como  espléndido paraguas, un gran tamarindón de cuya fronda chorrean todo el año sombras acogedoras.

El porqué de mi forzado exilio: Lulú me prometió no dejarme hamaquear entre sus pétreos muslos, en tanto no le mostrase el punto final de una mi novela, en ciernes desde que Ofelia   Medina   era   virgencita   y   regaba   las   flores.  A Jaime
Sabines (besos, poeta) le debo el milagro de mi retorno.

            Una chuchada de novedades, germinadas en mi ausencia, me salió al encuentro junto con la Genobeba (sic), la fiel mucama importada, lustros ha, de Chenalhó.
-Beba, qué gusto volver a verte, verdad de dios -le dije apenas me franqueó el portón. Intenté darle unas palmaditas cariñosas en el lomo. Con un movimiento felino sumió la joroba y puso tierra de por medio.

            Me dejó anonadado. Parece que fue antier cuando la muy ladina me intuía. Me adivinaba en el viento. Sin mediar orden de la patrona, salía a recibirme tatarateando como un bebé beodo sobre las vaporosas nubes de su bolera jamás interrumpida. Me saludaba con una ligera inclinación de cabeza y yo, generoso por antonomasia, compensaba su cortesía con los residuos de la botella en turno (“Puro afecto líquido de alta gradación”, diría Pancho Pichácuas, el Vate del tompiate, muerto de cirrosis hepática a la temprana edad de 93 años). Antes, la ingrata me veía como su Balam y ahora me da trato de colmoyote. Y hasta el habla me retira.

            Mi ego trataba de asimilar el regio mameyazo. Entonces se dejó venir el licenciado Rotundo Contreras con un pedazo de salchicha asada en la diestra, y en la siniestra la copa de tequila. Alcanzó a escuchar la severa advertencia que me lanzó la indígena insuflada (alias ex  querida Beba):
-Claro si mira el negror de tus pensamiento. Pero más ti vale que emprestés oyídos a la voz de los qui hablan con su silencio. O terminás de entrar padientro y te comportás con justicia y dignidá o ti prienso las patotas con el puertas y acabo de sacarte pa’ juera.
-¡Inchi indiada! Por eso nadie los ama –bociferó Rotundo en un estropajoso, ladino  dialecto.
            Luego, dirigiéndose a la mitad posterior de la mucama, nada despreciable, agregó:
-Una noche de éstas voy a castigar tu soberbia, patas de polvorón, enterrándote dieciocho centímetros bajo sábana.
Aún  no  acababa  de  despegar  de  sus  belfos  la última palabra cuando le estalló en plena jeta la granada de fabricación artesanal (vulgo: puñetazo) disparada por la insufrible nativa.  Fuera de sí, Rotundo Contreras  quedó embrocado encima de los coyoles del obispo (planta de ornato llamada así por sus flores, color púrpura intenso, de forma ovoide)

El escándalo provocado por la copa al hacerse añicos en el piso –Rotundo ni ruido levantó- atrajo a Pomponia Popomeyá, Amadita de la Hoya, Fernando Nandalumí y Agapito   Delgadillo.   Los   dejé  luchando   por   volver  a   izar al malcriado.

Las siete mesas estaban dispuestas en “U” al cobijo del tamarindón. Al pie del limonero adjunto, un asador atiborrado de carnes  despedía un romántico tufo, casi poético. Ocupé un sitio  en  la  mesa  presidida  por  la  Tipacamú,  embutida  en  su brevísimo vestido rojo, descotado. Fingió no verme. Dolido hasta el tuétano, dediqué mi atención a la barbacoa, a los bisteces de res –“con gordito, porfa”-, a las costillas de cochi marinadas en zumo de naranja, a los frijoles con chilitos de Simojovel, a las cebollitas cambray y a las matamarido recién sacadas del comal. (La salsa de tomate morado no tenía madréporas, me  cae).

Sin la aprobación de la sensual anfitriona (al igual que Jaime Sabines, ella piensa que la mayoría de los homenajes póstumos y los decretos luctuosos oficiales “son puterías”), Apolo Pola, pintor de oficio, invitó a los comensales, fanáticos confesos del bardo chiapaneco, a “decir algo de su vasta obra”. Aplausos.

Casiano Sobera de la Flor, con expresión maliciosa, presionó a un chavo sentado enfrente de mí y, punto menos que a rastras, lo colocó en el  extremo de la “U”. Lo presentó como “funcionario de medio pelo de Coneculta”. En realidad, se desempeña como IBM del jefe de un departamento sotanero, supe después.

El   atlético   mozalbete   pidió   disculpas   anticipadas  al alborotado respetable por su crasa ignorancia respecto al arte declamatorio. Gesticulando a la manera de un luchador grecorromano, se arrancó con “lo que yo humildemente considero el poema más sublime  del maestro Jaime Sabines”: El día se acerca como un barco / que nos deja en la playa verdadera. / En las olas resucitan  calles / encienden las luces en el puerto / una muchacha canta en la taberna.

Tres minutos corridos de ovaciones. El joven, mamado de por sí, no cabía en la camisa vaquera de vuelta a su asiento. A Lulú  le  apareció  el tic en el párpado izquierdo, señal inequívoca de un esfuerzo sobrehumano por apaciguar su cólera. Relampagueaban sus pupilas. Guiñó el ojo a Genobeba, apostada a unos pasos del asador. La mucama se limpió los bigotes con el mandil. Golpeando un vaso con el cuchillo cebollero acaparó la atención del docto público:
--Siñoris bolo, por istruciones de mi superior jerárquica, la comandanta Lulú, tengo que hacer un remiendo a la supina icnorancia del émulo de Chuarcheneger, al dicirles que el manojo de palabra que mascó no es de Jaime Sabines sino de Javier Molina. El amado maestro escribía en este tono: Si te sacas los ojos y los lavas /   en el agua purísima del llanto,/  ¿por qué no el corazón / ponerlo al aire, al sol, un rato?

Tornéme a quedar anonadado. De mi boca sin fuerza cayó mi baba sin darme cuenta. Sufrí cólicos de vergüenza. Algo acuoso me anegó la visión. Emprendí la sigilosa retirada. En ruta hacia el portón, arrastrando los pies, escoltado por helechos, violetas, begonias  y geranios, me mordía las orejas la voz tipluda de Genobeba pariendo puntualmente a Jaime Sabines sin auxilio de comadrona: Soy como el hijo de tus ojos,/ como una gota de tus ojos soy. / Levántame. De entre tus pies /  levántame, recógeme, del suelo, /  de la sombra que pisas,/ del rincón de tu cuarto /  que nunca ves en sueños. Levántame. / Porque he caído de tus manos / y quiero vivir, vivir, vivir.

(Del libro Los Bolonautas. Arcadio. 2004)


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