Arcadio
La noche que probé
a Bernarda ha quedado tatuada, de manera indeleble, en las partes pudendas de
mi lengua y de mi espíritu. En ese orden.
-Te creía mayor -le dije en cuanto
abrí la puerta de mi guarida. Tronco de piropo. Le calculé veinticinco años.
Recordé cuando le pedí me regalara una foto suya. Me mandó la de un orangután
con su pichito en hombros. Le correspondí con otra de Juan Pablo II (en la
foto, “el papa bueno” puteaba a Ernesto Cardenal por pretender abrir las
puertas del cielo a los miserables, a punta de balazos). Y dejé de mostrar,
ante Bernarda, interés por la diferencia de edades.
Esa noche vestía falda blanca,
sandalias celestes y blusa blanca, con bordados folclóricos, descotada...
Vestía ella, por supuesto, retorcido lector. Viudo de mis propias ilusiones, El
Zorro zoque de los desposeídos en mis fantasías proselitistas, andaba yo de negro todo, pelo y bigote
incluidos, gracias a una manita de Just
for man, donación de mi amigo Dany Boy)
-Te imaginé menos... maduro –dijo
Bernarda. Resintió el puyazo mi tambaleante seguridad. Mi sólida inseguridad.
Aumentó mi aprehensión.
Ella todavía en el
umbral, intercambiamos sonrisas. El conquistador de carnaval buscando canjear
bisutería por perlas. Ella me regaló una sonrisa a plena y pareja dentadura.
Le correspondí estirando los labios
apretados, temeroso de mostrar los huecos de mi carrillera. Ella traía el pelo
castaño recogido en la nuca con una peineta grande de carey. Serpiente azul
enredada en cuello y hombros, traía un rebozo que más semejaba una bufanda de
seda.
Mi guarida está conformada por un
solo cuarto alto, amplio (diez por seis metros), un closet, un fregadero, un
baño y tres ventanas grandes con
mosquitero asomadas al río Sabinal.
Nos colocamos cara a cara en la angosta mesa-escritorio-comedor. Bebimos
un vodka con jugo de piña y luego otro.
En el ínterin comimos trozos de uvas rojas y manzanas verdes que yo había
comprado para la ocasión. Barajamos nombres, opiniones triviales acerca de
periódicos, editores y periodistas y sobre la mítica libertad de expresión. A
veces ella montaba su mano distraída sobre la mía, que yo había dejado
abandonada a propósito sobre la cubierta de la mesa.
A veces yo le caminaba con las
puntas de mis dedos en el hombro, leve, brevemente. Parapetados tras las gafas
sus pequeños ojos oscuros, casi negros, incisivos, vivísimos, la sorprendí
levantando el minucioso censo de las arrugas y lunares que los años me han
defecado encima. ¡Puta madre! Yo había confiado en su miopía para pasar la
prueba.
-¿Soportarías la violenta impresión
de abrazar a un ruco sin marchitarte? –le había preguntado el día anterior.
-Sipi. Si t contara la d viejos
qsopeado en mi tacita d chocolat... Ji, ji... Poné día y hora.
-¿Mañana a las siete?...
- Soy alérgica al sol.
- De la noche...
-Va. Pensé qnunca t animarías.
Yo también. Desde que fui expulsado
del edén materno, cincuenta y cinco años antes, padezco una timidez patológica.
La odisea de topar casualmente con Bernarda, conversar con ella a pausas,
aprender a admirarla de corrido y confesarle mi deseo de oliscarla y tocarla
había consumido siete meses. En todo ese tiempo no habíamos saltado las cercas
de Internet y de algunos mensajes telefónicos hasta que, forrado de valor,
vencí el temor al rechazo y la invité a mi guarida. En algo ayudó, supongo,
haber corrido la invitación a través del chat.
Me cautivaron sus manos largas,
finas, y su color apiñonado. Al tercer vodka (horrendo Oso Negro, cuarenta y
ocho pesos el kilo, con una pachita de regalo),
inopinadamente, pues hablábamos de Joan Manuel Serrat, de periódicos, de
Eric Clapton, de periodistas, de Silvio Rodríguez, de la mítica libertad de
expresión, de Jorge Cafrune, “Paremos de
beber. Cojamos”, dijo Bernarda. Mi embeleso por ella parpadeó, sufrió un ligero
desvanecimiento. Trastabilló. Me parecía inconcebible que de una mujer tan
joven y menuda, pudiesen brotar expresiones vulgares, sapos, no obstante su
boca grande de carnosos labios. Me cambió diametralmente la pichada. Asesorado
por mis perennes dudas y mi almidonada educación, había diseñado una estrategia
de semanas para llevarla a la cama. “Cojamos”, había dicho. Qué vulgar. Alguien
tendría que forzarla a escribir con las uñas en piedra laja: “Las mujeres
decentes hacen el amor. Cogen las suripantas”. Espartaco (nombre pagano con el
que Bernarda había bautizado mi pene aún sin conocernos) desistió de su
alzamiento.
Hacía rato, en la compu sonaba
música de Bob Marley seleccionada por Bernarda. Se puso en pie (ella, Marley no
lo ha conseguido en décadas). Con bruscos movimientos de sus piernas lanzó
lejos sus sandalias de gruesa plataforma: la izquierda cayó en el librero.
Derribó la fotografía de Cristina, mi primer amor eterno. Cristina quedó
mordiendo el polvo. La derecha me pasó zumbando encima de la cabeza. Lamiendo
el ángulo superior izquierdo del marco de la puerta penetró en el baño causando
gran estrépito. (De haber estado presente el cronista deportivo Jesús Ortega,
lo habría gritado y promocionado como el gol del mes). Fetichista redomado, me
fascinaron los pies de la muchacha, pies
hechos a mano.
Sin decir agua va me atrajo hacía ella.
“Por lo menos chispáme la ropa, no seás simple”, dijo. Empezó a mover con suavidad las caderas,
péndulos sensuales, al compás del reggae. Se pasaba la lengua nerviosa por el
labio inferior. Descalza era pequeñita,
una niña pervertida. Ninfómana. Por segundos me incliné para posar mi
mentón en su cabeza. Olían sus cabellos negros, rizados, a miedo escrito con
gis ocre en la pizarra del aula. Olían a recelo esculpido en las paredes de un
mingitorio público cualquiera. Olían a la toalla íntima de un más íntimo
rencor. Tuve un estremecimiento.
Puesto de rodillas, despacio le bajé
la falda. Por un instante recargué mi deseo casi senil contra sus muslos.
Escuché un ronroneo de gato reptando piel adentro. La carne firme de su
entrepierna olía a destierro, no sabría
precisar por qué. Aún hincado le saqué la blusa. Ella sin palabras me hundía en
su mirada líquida. Tras un inútil forcejeo por destrabarlo le arranqué el
brassier. Me prendí a sus pechos diminutos con la sed feroz de quien agoniza en
medio del océano. Me ensarté en sus
pezones, espinas insolentes. Eufórico al filo del fanatismo, refirmé a manos
limpias los contornos de su figura (Espartaco irguió la cabeza). “Metéte en mí,
cojéme, cojéme ya”, dijo Bernarda.
Dragona lasciva, su aliento me quemaba
el cuello, las orejas. En vilo la llevé a la recámara, distante dos metros de
donde estábamos. (Una cinta roja adherida a las baldosas delimita los
diferentes espacios en mi guarida). La deposité sobre el colchón tirado en el
suelo. Sentí una punzada en el riñón. Me llegaron a la mente instantáneas
vertiginosas de mis hijos riendo ante la escena del fláccido Romeo con su
apretada Julieta en brazos; de mi madre alumbrándole con una tea encendida la
ruta de la condenación a su perdida oveja. “Cojéme, cojéme hondo”, pujaba,
susurraba ella. Sus palabras, que unos segundos antes me sonaran a cobre, sonaban a plata rebotando
en las lajas. No quise desnudarme a pesar de su insistencia y jaloneos. Apagué
la luz no obstante sus jaloneos e ironías. “Cojéme hondo, cojéme”. (Espartaco,
ayuno de mujer a lo extenso, dilatado y profundo de trece meses, se desvaneció.
Boli fuera del refri se derritió). No quise espantar a Bernarda con el petate
de mi muerto. “Cojéme, partíme en dos, atravesáme”, bramó. (¡Ay, prenda! Si pudieras
mirar lo que pienso…)
Primero le metí un puño en la boca.
Luego, presa de temblores ella, tiritando yo de incredulidad, de gratitud, de
vergüenza -todo junto y en grado superlativo- me dediqué esa noche y parte de
la mañana siguiente a lamerla completa: las plantas de los pies; cada uno de
sus dedos; los tobillos, dulces de anís, y las raíces de sus cabellos; el
envés de su cuerpo, el revés; cimas y
simas; el vórtice de su ombligo. Inhalé sus climas todos y aromas. Me dediqué
esa noche y hasta la cintura del siguiente día a chuparla, a beberla... hasta
que un dulce hartazgo me privó de conciencia. Dormí junto a ella, morí la
muerte almibarada sobre un charco de ella misma en el discreto colchón.
Por eso digo: la noche que probé a
Bernarda Cienfuegos ha quedado tatuada, de manera indeleble, en las partes
pudendas de mi lengua y de mi espíritu. En ese orden.
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