jueves, 15 de junio de 2017

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EL SONORO SILENCIO DE LAS COSAS
Los muros son la piel de la ciudad, el edredón… la chamarra que nos cubre  cuando andamos o nos sentimos a la intemperie; ibia piel de madre son las paredes interiores, epidermis cálida de esposa,  tersa piel de hija,  adictiva piel de amante son sus paredes interiores.




Piel irisada, luminosa, muestrario permanente de la flor del sospó, del tulipán africano, de la flor del siqueté; Piel quelonia, agresiva como cáscara de caimán, en partes; Piel incendiada con las flamas del flamboyán y del ishcanal; Piel de batracio en partes, húmeda y verduzca, a fuerza de mirar llover mojándose y sin  cuidados; Piel recatada en retazos, moza, teñida con la tenue tinta del popojoyó, nopinjoyó, chiquinjoyó; 



Las paredes, piel sensible de la ciudad, paridoras de ideas armónicas; fuentes de creación, de comunicación; las paredes solidarias, sitios seguros donde podemos apoyar nuestras miradas; las paredes testigos, mojones que demarcan nuestra invaluable, incomparable sensación de seguridad, son también, por desgracia, tiradero de los apáticos, de los inconscientes.


Los muros son, además, los múltiples, cambiantes vestidos de nuestra ciudad.   Los muros son un museo nostálgico y futurista conviviendo en plena calle, de la mano, en santa paz.


Las calles y las banquetas también son, se me ocurre, la delicada piel de la planta de los pies de nuestra amada Tuchtlán, que han caminado tanto, por caminos tantos, por el bien de tantos.


Pies de bebé, de señorita de concurso, en larguísimos tramos son las calles y banquetas. Pies maltratados de campirana descalza, que punzan al caminar, en otros. 

No creo equivocarme si, en nombre de todos, lleno de gratitud y amor, beso la piel de nuestra bella madre Tuchtlán.


Y en nombre de todos le pido perdón por nuestras omisiones. Y  le prometo que en adelante seremos mejores hijos cada día… todos.    

Fotos de la serie Valores murales / Arcadio

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