martes, 25 de julio de 2017

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Primicia de argûende sólo para periodistas chiapanecos deshonestos, vegetarianos, ociosos  

Cuando los achaques nos dan licencia -placas portamos casi todos-, Los Bolonautas sobrevivientes, solemos reunirnos… iba a decir a cada venida de obispo, pero los obispos se vienen muy seguido, según leemos en la prensa.  Reculo: acostumbramos ‘apuñuscarnos’  de vez en vez en la sala de Lulú Tipacamú, espacio luminoso, aún sitiado por laureles y limoneros,  a la que cariñosamente apodamos Capilla Quintilla. (Somos miembros cuasi centenarios, ningún quinto, pero sumamos cinco)

Nada es para siempre. Apenas anteayer, según rezaba una letrero sobre el dintel de la puerta de ingreso, era nuestro Refugium pecatorum  -refugio de los pecadores, traducido al zoque tardío-. Así, en latín, con el propósito de despistar al enemigo.  

El alud de primaveras que amenaza con sepultarnos (madurez, lo llamamos con benignidad) ha vuelto inevitables ciertos cambios en el desarrollo de las tertulias. Verbidesgracia: Fulano, periodista, el intelectual de la palomilla (hoy polilla), inauguraba las (des)veladas, derramando en el atril de nuestra admiración un rimero de títulos de libros devorados por él en la semana.

Cuando le pedíamos abrirnos el apetito por la lectura regalándonos aunque fuese una breve reseña de algunos de ellos, “chupemos –decía- el tiempo apremia y no pienso desperdiciarlo cebando con margaritas a la cochada”.

En la actualidad, es pachorrudo, parsimonioso. Se toma dos o tres ‘pocazos’ de una bebida amampada (Gervasio dixit) y todo el tiempo del mundo para recomendarnos remedios milagrosos (¡Dios!), tintes capilares, el último rugido en cuestión de fármacos paralizadores (viagra, cialis), dietas rejuvenecedoras (¡Uta!) y, por docenas, libros de superación personal (¡Argh!)

Belleza magulladona pero excitante, la Lulú no ha perdido el hilo. Ni el filo. Concretamente ayer, mientras Fulano hacía una presuntuosa exposición de sus recientes viandas anímicas, lo fue dejando cual salchicha botanera:
-Preciosa, te recomiendo de Wyne Dyer “Tus zonas erróneas”…
-Las tuyas, las mías son ciertas, están donde deben y las uso según el instructivo. O mis regaladas ganas.
-De Víctor Frankl “El hombre en busca de sentido”…
-Tengo seis. Los encontré buscando en sentido contrario.
-Ya, pues, Lulú. Éste, de Dale Carnegie, te va a encantar, estoy seguro: “Cómo hacer amigos e influir sobre las personas”.
-Consejería rupestre. ¡Idiai! Chabelo ha caducado. Los rollos del mar muerto son una edición más fresca.
-Otro uno. Quiero convencerte:El arte de la guerra” de…
-Fulano, prenda mía, hacés mal en fingirte belicoso cuando ya no tenés pólvora ni para gastarla en infiernitos. Bebé mejor… las bebidas espirituosas te van a espiritualizar de volada –dijo antes de incorporase y enfilar hacia la cocina-. ¡Ni te enojés! ¡Imaginá que en señal de buena voluntad te planté un beso en donde antes tenías los cachetes! –gritó desde allá.

Relato pormenores previos a la noticia apocalíptica que nos sacudiría entrada la noche: 1) un ataque reumático impidió a Sutano amelcocharnos con los arpegios de su guitarra.

2) Sin previo aviso, Mengano se arrancó a cantar a capela. A mitad de sus temblones rugidos calló súbitamente, su rostro cogió el color de las camisetas que regala Enoch Hernández a sus voluntarios, desinteresados fans. Peló sendos ojotes. Gorila de niebla, se tamboreó el pecho en repetidas ocasiones con ambas puños. Y cayó cuan esférico es. Lulú lo rodó hasta colocarlo de perfil en el suelo. Le dio una ‘severenda’ patada entre omóplatos. Santo remedio. Mengano tosió violentamente, se llevó una mano a la boca, parpadeó como semáforo (algunos sirven), recobró su color (bronce patinado), se incorporó, se sacudió el polvo de las nalgas y, sin mascullar ni moronas de palabras, se reinstaló en su asiento.

Su salvadora, de pie, nos encaró con severa expresión. “Nos va a extraditar a la chingada”, supusimos. Precavidos, succionamos de un ‘romplón’  nuestras respectivas bebidas. Erramos. Lulú se dirigió a Fulano: la próxima vez, si su copeteada juventud no dispone otra cosa (nos barrió a todos con la mirada), obsequiále a Fulano un libro, con hartas  ilustraciones, donde se  advierta a los bolos imbéciles que antes de llevarse la cerveza a la boca, es condición saludable retirar de la boca de la botella la tapa olvidada allí para evitar se pararan las moscas. ¡Salud!

Hubo necesidad de servir la enésima ronda antes de corresponder al unísono y en alta voz al brindis de la Lulú, mi doña de doñas.


Rebotar en suelo parejo es uno de los síntomas de la chochez. Mi propósito, lejos de fastidiar con etílicas anécdotas al presunto lector, era compartir el agobio sufrido al enterarnos, vía Querubín -periodista, mariachi, toca la trompeta-, de la inminente extinción de los periodistas honestos. Según la fuente citada por el querube, sólo sobreviven dos ejemplares en Chiapas. Tiempo habrá para ruñir la terrífica nueva.

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