Primicia de argûende sólo para periodistas chiapanecos deshonestos, vegetarianos, ociosos
Cuando los achaques
nos dan licencia -placas portamos casi todos-, Los Bolonautas sobrevivientes,
solemos reunirnos… iba a decir a cada venida de obispo, pero los obispos se
vienen muy seguido, según leemos en la prensa.
Reculo: acostumbramos ‘apuñuscarnos’ de vez en vez en la sala de Lulú
Tipacamú, espacio luminoso, aún sitiado por laureles y limoneros, a la que cariñosamente apodamos Capilla
Quintilla. (Somos miembros cuasi centenarios, ningún quinto, pero sumamos
cinco)
Nada es para
siempre. Apenas anteayer, según rezaba una letrero sobre el dintel de la puerta
de ingreso, era nuestro Refugium pecatorum
-refugio de los pecadores, traducido al zoque tardío-. Así, en latín,
con el propósito de despistar al enemigo.
El alud de
primaveras que amenaza con sepultarnos (madurez, lo llamamos con benignidad) ha
vuelto inevitables ciertos cambios en el desarrollo de las tertulias.
Verbidesgracia: Fulano, periodista, el intelectual de la palomilla (hoy
polilla), inauguraba las (des)veladas, derramando en el atril de nuestra
admiración un rimero de títulos de libros devorados por él en la semana.
Cuando le pedíamos
abrirnos el apetito por la lectura regalándonos aunque fuese una breve reseña
de algunos de ellos, “chupemos –decía- el tiempo apremia y no pienso desperdiciarlo
cebando con margaritas a la cochada”.
En la actualidad, es
pachorrudo, parsimonioso. Se toma dos o tres ‘pocazos’ de una bebida amampada
(Gervasio dixit) y todo el tiempo del mundo para recomendarnos remedios
milagrosos (¡Dios!), tintes capilares, el último rugido en cuestión de fármacos
paralizadores (viagra, cialis), dietas rejuvenecedoras (¡Uta!) y, por docenas,
libros de superación personal (¡Argh!)
Belleza magulladona
pero excitante, la Lulú no ha perdido el hilo. Ni el filo. Concretamente ayer,
mientras Fulano hacía una presuntuosa exposición de sus recientes viandas
anímicas, lo fue dejando cual salchicha botanera:
-Preciosa, te recomiendo
de Wyne Dyer “Tus zonas erróneas”…
-Las tuyas, las
mías son ciertas, están donde deben y las uso según el instructivo. O mis regaladas
ganas.
-De Víctor Frankl
“El hombre en busca de sentido”…
-Tengo seis. Los
encontré buscando en sentido contrario.
-Ya, pues, Lulú. Éste,
de Dale Carnegie, te va a encantar, estoy seguro: “Cómo hacer amigos e influir
sobre las personas”.
-Consejería
rupestre. ¡Idiai! Chabelo ha caducado. Los rollos del mar muerto son una
edición más fresca.
-Otro uno. Quiero
convencerte: “El arte de la guerra” de…
-Fulano, prenda
mía, hacés mal en fingirte belicoso cuando ya no tenés pólvora ni para gastarla
en infiernitos. Bebé mejor… las bebidas espirituosas te van a espiritualizar de
volada –dijo antes de incorporase y enfilar hacia la cocina-. ¡Ni te enojés! ¡Imaginá
que en señal de buena voluntad te planté un beso en donde antes tenías los
cachetes! –gritó desde allá.
Relato pormenores previos
a la noticia apocalíptica que nos sacudiría entrada la noche: 1) un ataque
reumático impidió a Sutano amelcocharnos con los arpegios de su guitarra.
2) Sin previo
aviso, Mengano se arrancó a cantar a capela. A mitad de sus temblones rugidos
calló súbitamente, su rostro cogió el color de las camisetas que regala Enoch
Hernández a sus voluntarios, desinteresados fans. Peló sendos ojotes. Gorila de
niebla, se tamboreó el pecho en repetidas ocasiones con ambas puños. Y cayó
cuan esférico es. Lulú lo rodó hasta colocarlo de perfil en el suelo. Le dio
una ‘severenda’ patada entre omóplatos. Santo remedio. Mengano tosió
violentamente, se llevó una mano a la boca, parpadeó como semáforo (algunos
sirven), recobró su color (bronce patinado), se incorporó, se sacudió el polvo
de las nalgas y, sin mascullar ni moronas de palabras, se reinstaló en su
asiento.
Su salvadora, de
pie, nos encaró con severa expresión. “Nos va a extraditar a la chingada”,
supusimos. Precavidos, succionamos de un ‘romplón’ nuestras respectivas bebidas. Erramos. Lulú se
dirigió a Fulano: la próxima vez, si su copeteada juventud no dispone otra cosa
(nos barrió a todos con la mirada), obsequiále a Fulano un libro, con hartas ilustraciones, donde se advierta a los bolos imbéciles que antes de
llevarse la cerveza a la boca, es condición saludable retirar de la boca de la
botella la tapa olvidada allí para evitar se pararan las moscas. ¡Salud!
Hubo necesidad de servir
la enésima ronda antes de corresponder al unísono y en alta voz al brindis de
la Lulú, mi doña de doñas.
Rebotar en suelo
parejo es uno de los síntomas de la chochez. Mi propósito, lejos de fastidiar
con etílicas anécdotas al presunto lector, era compartir el agobio sufrido al
enterarnos, vía Querubín -periodista, mariachi, toca la trompeta-, de la
inminente extinción de los periodistas honestos. Según la fuente citada por el
querube, sólo sobreviven dos ejemplares en Chiapas. Tiempo habrá para ruñir la
terrífica nueva.

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