domingo, 15 de abril de 2018

0072 CARTA A ENA


BOCACALLE 74
Arcadio Acevedo

CARTA PALIDUCHA A LA COLORIDA ENA
Ena: Una tonalidad especial, indefinible, anega mis pupilas a la vista del valle de Zamora, dilatada mesa de oscura tierra productora de maravillas vegetales. A lo lejos, las cubiertas blancas de los invernaderos de zarzamora, arándano, fresa, simulan un paisaje nevado de plástico en primavera.

La urbe se come a la ubre. Es decir, el monstruo de cemento se come a la parcela chica o grande. Los fraccionamientos populares, copetones y de medio pelo proliferan, son cabras locas, devastan surcos.

Pastoreando la considerable manada de casas y edificios, destacan, en todas direcciones, las esbeltas torres de las iglesias y las más afiladas del Santuario de Guadalupe, orgullo y emblema de los zamoranos. Es bella la mediana ciudad de veras. Es limpia de llamar la atención. Así la mantienen sus autoridades y moradores. Me alegran éstas ostensibles virtudes.

Por cierto, Ena, en mis recuerdos juveniles el color de Zamora era el morado de sus obispos y jacarandas. En la parcialidad de mis afectos, en mi ignorancia,  habría jurado que los flamboyanes eran milagros con denominación de origen tuxtleco. Me movieron, pues, el tapete los abundantes y robustos flamboyanes zamoranos cundidos de flores rojas. Tan rojas y encendidas que (te lo cuento sólo a vos), un día de estos no resistí la tentación de abrazar, hasta  donde mis ñangos brazos dieron, un ejemplar singularmente bello, cercano a la casa de mi madre, besarlo con discreción (no vayan a decidir que mi locura amerita encierro), y decirle al oído (los flamboyanes son todo oídos): Idiai. ¿No se te hace, vos, que andás muy lejos de casa?

El flamboyán, ni en cuenta.


INSTINTO SOLARIEGO
Poner un pie en territorio chonguero, estrechar las primeras manos, palmear los primeros hombros y reinstalarse automáticamente en mi cerebro el chip de los regionalismos, en reposo por décadas, fue todo uno: vato, m’hijo, n’hombre, pueque, berengo, demontre o demonche, babieco, cai (por calle), vino (por licor), fuerte (por rápido), saltimbanqui, incapaz (por tremendo), chorreado (sucio), faceto, tecata (por cáscara), güeleque, etc. Y, por supuesto, convertir en ‘i’ las ‘e’ y en ‘u’ las ‘o’  finales. Y condimentar con el nombre de dios, de la virgen y de los santos las enchiladas de la ordinaria plática.

Ena sibarita y gourmet: Ayer, cumpleaños de mi hermana Judith y de Ignacio, su marido (en verdad nacieron el mismo día en años diferentes) fuimos a comer a “La Paz”, restaurante de mariscos afamado por su buena cocina. (Coincidentemente, propiedad de mis consuegros).  Pedí pescado zarandeado. No pude evitar sonreír cuando mi hermana Martha, gemela de Beatriz,  optó por el camarón zarandeado “sin tecata”.


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