ALEJANDRO MOLINARI ES UN HIJO DE LA CHI…CHARRA
Hay hormigas
cruzadas con chicharra. Son, en realidad, cigarras pringadas de hormiga. En
ellas domina, más que la laboriosa genética, la genética cantadora, bailadora,
urdidora de ocios hipnóticos. Nada hacen productivo, pero dejan de hacerlo con
gracia insólita, inaudita; con una vaporosa alegría capaz de empapar de envidia
a las cascadas Velo de novia, Las nubes, Agua azul. En casos extremos, Niágara
e Iguazú.
Hay hormigas
cruzadas con chicharra. Son como rayos luminosos salpicados de sombra. Cantan
poco, casi nada, y se construyen a sí mismas, grano a grano, a lo largo de su
dilatada o breve existencia, acarreando hojitas, palitos y piedritas para levantar –hágame
usted el chingado favor- ambiciones
ajenas, optimismos ajenos, sentimientos ajenos, sueños, gratitudes y casas
ajenas.
A este tipo de
hormigas silenciosas, reverberaciones de la quietud, imparables, incansables,
pertenece Alejandro Molinari, capaz de propinarnos un verso, escribirnos un
guiño o pintarnos un violín cuando el silencio nos dobla. Nos pesa. Nos pasa.
¡Muchos hijos tuyos
como éstos te deseamos, querida patria chica.

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